La doctora dijo “no hables del trastorno bipolar”

Se me han venido a la mente unas historias de las primeras veces que hablé sobre el estigma del trastorno bipolar ¿Hasta cuándo ocultarlo?, le dije una vez a la doctora.

Ella me respondió que no era necesario hablar sobre este tema, ya que la gente no entendía de qué se trataba. O más bien, tendían a discriminar.

Yo estaba de acuerdo con esas aprehensiones, sin embargo me parecía poco probable pasar toda mi vida callando algo que me sucede de forma intensa, de vez en cuando. Sobre todo porque no es un simple cambio de humor. El trastorno bipolar es una afección del ánimo que cala profundo en la persona ¿Cómo ocultarme en el momento en que más necesito aprender a auto-contenerme? Es ahí cuando la inclusión comienza a operar, porque necesitas de la comprensión del medio.

Muchas veces en el trabajo, sobre todo los primeros años, sentí unas ganas terribles de llorar durante mis episodios depresivos. Pedir una licencia hubiera sido lo más recomendable. Pero la misma doctora me dijo que tenía que aprender a vivir con esto. Por lo tanto, había que buscar el modo de seguir funcionando pese al decaimiento anímico. Y eso me pareció una opción correcta. Solo que para hacerlo adecuadamente necesitaba comunicar mi necesidad biológica-emocional de ir -muy de vez en cuando- a otro ritmo.

-“Agradezco que me lo hayas dicho ¿Cómo te puedo ayudar?”, ha sido la respuesta que he recibido en las dos ocasiones donde he tenido que entrar a la oficina para hablar de mi bipolaridad.

Lo he hecho cuando considero necesario resguardar mi rendimiento y bienestar.

Creo que hay momentos del trastorno bipolar que -como gran parte de las emociones- las vives en la intimidad. Pero ocultarlo por el temor al auto-estigma es contribuir a la discriminación y desconocimiento de cuadros de salud mental.

Tampoco se trata de ponerse un cartel y definirse desde una condición, pues las personas somos integrales y nuestra identidad se sustenta en múltiples factores del vivir. Lo que propongo es aprender a conversarlo.

Quizá, aquella doctora me haya dado el consejo de silenciar probablemente con un deseo protector. Como comunicadora, sigo creyendo que ocultar a toda costa no es sano.

Ya les seguiré contando más sobre esta característica que viven millones de personas en el mundo, y que requiere visibilizarse para poder realmente evitar finales tan trágicos como el suicidio.

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