Lesión en ascenso

Con la punta del lápiz grafito David se rasca la palma izquierda. Hace círculos sobre su mano con una concentración peligrosa que va de menos a más. La piel queda roja y aún así insiste con golpecitos que permitan pintar color carbón su piel. Lo logra. La punta del lápiz filuda le abre la carne. Eso calma la desazón del joven en este día gris, con un otoño que siempre ofrece términos medios: ni mucho frío ni buena luz. Es hora de que David vaya a escalar un cerro. Como guía de los jóvenes dos años menos que él, debe asistir a la ceremonia de inauguración de una especie de oratorio.

Con la misma mano marcada por el grafito y algo semiabierta la carne, David deberá andar por la tierra del cerro. Al llegar al lugar tendrá que tomar el micrófono y animar la jornada. Una jornada de “gracia” como dicen las hermanas para referirse a este día en que el cerro tendrá por nombre Patita Videla.

Será en memoria de una niña cuya alma es sagrada. Escapó de Chile en la guerra civil de 1891. Algunos cuentan que salvó a su mamá del pecado, que pasó noches enteras rezando para que esta dejara el adulterio. Dios le habría concedido el milagro llevándose su niñez a cambio. Hoy en este cerro se honrará su breve vida en la tierra y la gente podrá rogar por milagros para ellos. Para eso, se ha mandado a hacer un ataúd con vitrina y adentro una réplica que emula a Patita Videla. El maniquí lleva vestido blanco, un cintillo de flores y rubor en las mejillas. Es tan real, que al mirarla las personas la contemplan y se persignan.

El bus que lleva a la patrulla de creyentes hasta el cerro estaciona. David se ubica en la puerta del vehículo para contar la cantidad de niños, niñas y adolescentes que vienen para el ritual. Le estrecha la mano derecha a cada uno y una. Luego los organiza y les pide hacer una oración para tener una jornada sin peligros. 

***

A Carolina le gusta David y solo por eso viene a subir el cerro. Se pone a su costado para preguntarle cuánto tiempo toma el ascenso. David le explica que son apenas 40 minutos de ida y unos 20 de bajada. Pero que no se preocupe, porque la pendiente no es tan pronunciada. La chica asiente con la cabeza y lo mira fijo:

-¿Puedo ir a tu lado cuando vayamos subiendo?

David responde con una mueca cortés. Ya ha pasado antes por escenas como estas, donde adolescentes le coquetean.

David entrega instrucciones básicas como no alejarse y avisar en caso de tener que hacer necesidades biológicas, aunque esas debieron hacerlas en sus casas, piensa. Carolina está delante, no quiere perderse de la vista de su guía quien comienza el ascenso del cerro urbano de Patita Videla.

David ha llevado su mano izquierda guardada en el pantalón. Le duele el centro de la palma. Intenta poner el dedo pulgar para presionar y aplacar el dolor. Al parecer también hay sangre. Trata de sobreponer la yema en la herida y no puede. El ángulo no le da para eso. En realidad con ningún dedo logra hacerlo. Necesitaría sacar la mano del pantalón y hacer presión con un dedo de la derecha. Pero entonces notarían su nerviosismo. 

***

Quedarse en casa habría sido un infierno. Su madre está siempre encima diciéndole que ponga la mesa para comer, que recoja los platos, que cuelgue la ropa, que deje de inventar pretextos para responder a los quehaceres, que ella no puede sola con todo. Bastante tiene ya toda la semana trabajando para conseguir clientes a quien venderles un crédito bancario. Si no logra una cierta cantidad, no hay comisión y entonces no hay para comer ni menos para sus salidas de retiros espirituales. Pero al menos -piensa ella después- David no anda en malos pasos. Entonces le dice “ya hijo, que te vaya bien”.

***

David sale de casa con la mano izquierda resentida después de haber estado  30 minutos repasando una y otra vez el lápiz grafito de forma circular por la palma de su mano. Esta vez afiló demasiado la punta y casi se vio tentado de enterrarlo de forma abrupta y certera. Quería sangrar, herirse profundo. Imaginó cómo sería llegar con el lápiz cruzado en la piel y con él tomar el micrófono para dar la bienvenida a los jóvenes que venían hoy a consagrar a Patita Videla ¿Habrá sentido alguna vez la santa ganas de dañarse con un elemento cortopunzante?

Carolina escucha con atención a su monitor. Oye cada palabra que él dice, aunque sin preocuparse del sentido que tengan estas. Ella no cree que Patita Videla sea realmente importante en su vida. Viene a la actividad porque le permite salir de la rutina y, sobre todo, estar más cerca de David a quien ya había observado detenidamente en las reuniones del grupo, donde conversaban sobre temas como la importancia de la amistad, la lealtad y el agradecimiento.

A Carolina todas esas cosas le parecían ciertas, creía practicarlas de buena fe. Para ella, la vida era una suma de sucesos donde había que tratar de sentir más placer que tristeza. Se esforzaba lo necesario, tenía buenas notas en el colegio y por eso sus padres la dejaban venir a estas actividades. 

Y ahora la mano izquierda del muchacho parece cobrar vida propia. David nota cómo su mano desea apretar el puño, salir del bolsillo y azotarse contra el cemento. Se concentra para no ser dominado por su extremidad inferior izquierda. Logra controlarla. De repente siente fuertes deseos de orinar y se aparta del grupo sin que noten su retiro, pero se topa con Carolina quien se ha escondido para fumar un cigarro. La chica pone cara de susto cuando ve a su monitor venir hacia ella.

-Tranquila, no voy a acusarte. ¿Pero sabes que eres muy chica para fumar?

-Define “chica”, responde ella.

-Bueno, quiere decir que … que aún eres … ¡Auch!, grita David intentando calmar el dolor de su mano oculta en el pantalón.

-¿Qué pasa?, pregunta Carolina acercándose a él. David hace un gesto con su mano derecha para que se detenga.

-Pensé que me había picado una abeja. Apaga bien esa colilla, dice y se va. Vuelve a juntarse con el grupo sin vaciar su vejiga. Las hermanas y los jóvenes caminan con sus palmas aplaudiendo para acompañar un cántico a Patita Videla. 

¡Ey! que haces nuevas todas las cosas/ es vida que vence la muerte/ es vida que viene de Dios.

Ya va más de la mitad del ascenso. David refuerza el escondite de su mano poniéndose el bolso en ese sector del cuerpo. Pero es incómodo caminar así. Se concentra en el cerro urbano que no presenta ninguna novedad. Es un montículo seco, apenas unos arbustos. Más arriba están los cactus y David se imagina punzando una y otra vez las espinas  de esta vegetación. Carolina se queda mirándolo a cierta distancia. Algo le pasa a David, pero cómo abordarlo. 

Avanza hacia él y le ofrece frutos secos. David se sorprende y en un acto reflejo libera de su pantalón la mano izquierda para recibir el alimento. La extiende y caen de su palma gotones de sangre que manchan la tierra del cerro Patita Videla.

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