Vergüenza, ternura y comunicación

Esta es una confesión autoreferente. Todavía recuerdo la vergüenza que sentí cuando mi madre llegó de la reunión de curso contando lo que un niño decía de mí. Yo tenía 5 años y me costaba tolerar que alguien se refiriera a mí, fuera de buena o mala manera. Me costaba lidiar con la comunicación en sociedad.

Y lo que ese niño decía de mí no era para nada malo. Al contrario. Recuerdo la frase exacta de mi madre llegando a casa: “Una apoderada me dijo “¿Tú eres la madre de Nicole? Uy tu hija es encantadora. Mi hijo no para de hablar de ella”.

En secreto yo también estaba interesada en el pretendiente, a quien recuerdo como alegre, inquieto y amable. Pero el solo hecho de aceptar que tenía que lidiar con ese sentimiento tan genuino de lo “amoroso”, me daba una vergüenza atroz.

Sin embargo, la frase que trajo mi madre al llegar de la reunión no solo me causó rechazo. También me hizo sentir halagada. Y la guardé con ternura para pensar en secreto en mi enamorado. En el jardín infantil no mostraba interés más allá de jugar y hacer las tareas.

Mi timidez -que he trabajado en terapia- era mayor. Me acompañó por muchos años en varios aspectos de mi vida. Lo “contradictorio” (¿tiene que serlo acaso?) es que siempre fui comunicativa, fuera escribiendo, cantando o conversando. Tal vez eso encantó aquella vez al enamorado.

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