Una lección de storytelling

A los 14 tenía un profesor de química tan aburrido que casi nadie quería entrar a su clase. Con mis amigas preferíamos quedarnos fuera de la sala, escondidas en algún rincón del colegio. Hasta que un día la monja inspectora nos pilló en el patio y nos mandó con viento fresco al pupitre.

El profesor aburrido no se contentó con ponernos una anotación negativa por llegar 15 minutos tarde. Quiso endulzar su venganza con algo más: una prueba sorpresa. “Saquen lápiz y papel”.

En ese momento mi colon se retorció. Hasta ese entonces yo estaba acostumbrada a salvar el ramo copiándole a alguna compañera aventajada en ciencia. En Chile el promedio de notas importa para acceder a la universidad. Yo estaba a punto de sacarme un 1 y eso alertaba a mi cabeza catastrófica que quería ingresar cuanto antes a la libertad de los estudios superiores.

Con el lápiz sudado por los nervios, empecé a escribir el ejercicio que dictaba el profesor. “Si la velocidad de un átomo es x”. Hizo una pausa y se echó hacia atrás con una sonrisita malévola. “Si la velocidad de un átomo es X ¿cuál es la distancia que tarda en llegar a Y?”. Ya no sólo me dolía el colon, ahora también se me cerraba la garganta. Asumí mi rebeldía ante la falta de interés que me provocaba la asignatura, pero no podía controlar la ansiedad que me producía entregar en blanco una prueba. Justamente, eso fue lo que hice. 

Le extendí la hoja intacta al profesor. Mis amigas hicieron lo mismo. El ejercicio estaba realmente difícil. Él juntó las hojas y esbozó esa sonrisa irritante. 

-Pero cómo no saben la respuesta

-No, la verdad no, contesté entre un tono molesto y neutral. 

-¡El átomo se demoró quince minutos en llegar al punto Y! El átomo son ustedes que tardan en venir a clases evadiendo su responsabilidad, dijo el profe ya no con una sonrisa, sino riendo a carcajadas auténticas, no irónicas. 

Mi colon dejó de irritarse cuando supe que la prueba era falsa, incluida la información indescifrable. El profesor de química nos dio una lección de vida con el ejercicio. Sentí que cada vez que falté a su clase, le falté también el respeto a su labor docente. Aunque me pregunto si tan solo este hombre hubiera aplicado un poco de ese ingenio, una manera distinta de hablarnos de átomos y tabla periódica como lo hizo ese día, posiblemente yo y la mayoría del curso habríamos asistido y aprendido con facilidad. No con tedio.

De cualquier forma esta historia que quedó grabada en mi mente, hoy me sirve ahora para reflexionar de comunicación efectiva y de storytelling. Compruebo que la capacidad de mejorar nuestra interacción está en cada persona y surge cuando nos atrevemos a hacerlo con una fórmula diferente y asertiva. Como lo hizo el profesor de química al querer educarnos en la importancia de respetar la labor docente. 

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