Situaciones humanas de migrantes con ingreso clandestino en Chile

Entre octubre 2020 participé en charlas de ingreso clandestino en la comuna de Puente Alto, Cerrillos. En ambas ocasiones después de que el abogado hablara, pedí a los presentes que -si así lo deseaban- me dijeran qué significaba para ellos estar en situación de “clandestinidad”. No estaba reporteando para publicar. Buscaba de-construir mi imaginario de sujeto migrante y escuchar el trasfondo de su propio ‘por qué cruzar la frontera por un paso prohibido’.

Lo que escriba acá es parte de mi experiencia como periodista externa de una institución católica (Incami) que asesora jurídicamente a los migrantes para que puedan regularizarse.

Estudiando el curso Migraciones Contemporáneas de la Uabierta de Universidad de Chile, me percaté que las historias -o pedazos de ellas que pude oír de primera voz- están configuradas en el concepto de migración de supervivencia, donde la razón más profunda de migrar es la pragmática decisión de conservar el vivir. Esto, porque el país de origen no está permitiendo a esas personas el desarrollo de su propio sistema autopoiético molecular biológico-cultural (concepto de Humberto Maturana).

Los migrantes supervivientes están dispuestos a poner la vida en riesgo y a cruzar por el desierto apostando y encomendándose a sus figuras religiosas para no ser deportados ni apresados.

¿Por qué vienen a sufrir a Chile?

La pregunta “¿por qué vienen a sufrir a Chile?” se oculta en un espectro que va del menos al más en la cultura racista, de la que más se desagrada con la llegada de extranjeros hasta los que preferirían “mejor se fueran”. Creo que el hecho de conversar con las personas en las charlas de ingreso clandestino me permitió contrapreguntarme ¿qué es sufrir? y convencerme de que sí, efectivamente las personas migrantes están muy mal en su país de origen y es eso las que hace que se movilicen hacia Chile. Al mismo tiempo, esto nos dice que son personas con gran poder para decidir y seguir adelante.

Registro de operativo de atención jurídica para personas migrantes con ingreso clandestino (charlas de Incami)

Prejuicios que desencajé

Poder sostener pequeños encuentros con las personas migrantes en este tipo de charlas me hizo darme cuenta de cosas importantes para interpretar la migración y sus historias. Por ejemplo derribar mitos que asocian la migración con la pobreza. Constaté que un grupo puede ser de la misma nacionalidad pero no del mismo origen sociocultural. Sin embargo están en esa charla porque son discriminados por el sistema migratorio sin enfoque de derechos que tiene Chile (se acaba de hacer la nueva Ley, pero no está promulgada y no contiene generadores para la integración social, acorde a la realidad actual de la crisis migratoria en el país).

En el caso de Venezuela la crisis también impacta muy fuerte en sectores de clase media dispuestos a cruzar el desierto. En Puente Alto un hombre alto y fornido se acercó para contarme su verdad: él estaba regularizado y tenía buen trabajo. Pero su esposa y dos hijas, habían sido traídas por un coyote al que les pagó 200 dólares por persona. Luego, se acercó la esposa y me contó que era geógrafa, había llegado hace casi un año desde Caracas con sus hijas de 12 y 18 años. El gran miedo de este matrimonio era que su hija mayor, que ya no podía sacar la visa de niños, niñas y adolescente, quedara indocumentada sin poder estudiar para ser profesional.

Aquí se me vino otro prejuicio. Una parte mía pensó que estaban errados al tener como prioridad los estudios universitarios de la hija en medio de su situación de clandestinidad. Rápidamente mi parte de “apagar prejuicios” se cercioró que estaba frente a una familia con el legítimo deseo de darle la oportunidad de estudiar a su hija, independiente de la situación migratoria de la joven, permanecía en ellos el proyecto y la conciencia del derecho a la educación. Entendí cuántos de estos derechos/deseos NO considerados como “primera necesidad” de las familias migrantes y están impactando en la vida psíquica de las personas que se han desplazado de sus territorios. Lo vi también en dos jóvenes colombianas afrodescendientes que querían tener un local para hacer trenzas y peinados a cabellos rizados. Pero estaban indocumentadas y trabajando en cosas temporales que no las animaban. Se crea mucha frustración y rabia cuando no puedes hacer lo que amas. Más cuando no te reconocen como ser humano social

Dicotomía: empleos informales, pero mejor calidad de vida

Otra cosa que me llamó la atención fue que los hombres que llegaron a la charla de Cerrillos (grupos entre 10 a 15 personas) eran en su mayoría trabajadores de aplicaciones de comida, así que andaban con el casco de su bicicleta y las mochilas en la espalda. Constaté un tipo tipo de empleo informal que vemos a diario y que está siendo desempeñando por migrantes en situación de clandestinidad. A sabiendas de todo lo peligroso que podía ser, para ellos ese empleo significaba tener un mejor estatus de vida que el que tenían en su país.

“Qué raro -pensé- una no se imagina que la persona que te lleva la comida por la aplicación, es “clandestina”.

Uno de los muchachos estaba con su pareja, ambos menores de 25 años y con hijo de apenas un año. Habían cruzado por paso ilegal después de haber intentado el modo legal. Lo mismo me dijo otra joven venezolana con 2 hijos pequeños, a quien PDI le negó la entrada al pedirle una carta de autorización de su marido que ya vivía en Chile. Ella me dijo haberla mostrado, pero no hubo caso, así que decidió cruzar con su bebé de días (el otro había nacido acá).

El miedo a ser deportados y deportadas al país donde no tienen cómo vivir

¿Tenían angustia de transitar así por la calle?, les pregunté.
-Sí, pero más miedo nos da que nos deporten a Venezuela. Acá podemos tener sustento, me repitieron personas tanto en Cerrillos como Puente Alto ¿Han podido enviar remesas a sus países durante la pandemia? “Sí”.

Quisiera poder seguir estos casos y escribir alguna de sus historias. Me siento más preparada ahora que me he respaldado con más conocimientos para encender ese camino de la comunicación. Aunque sí me preocupa que la migración de supervivencia se perpetúe y se olvide quizás también mantener la conciencia de derechos y deberes de quienes hoy están en grave situación de exclusión por el solo hecho de tener otra nacionalidad, color, acento o cultura.

Pienso que acercarse, escuchar y conversar será siempre el ejercicio humano que nos ayude a empatizar y generar un país más justo y menos indolente.

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