La travesía de las madres venezolanas (nota en revista El Sábado)

TU ATENCIÓN: Comparto una crónica del periodista Jorge Rojas sobre las razones urgentes que llevan a las personas migrantes a salir de sus países, teniendo que vivir situaciones terribles en su periplo y llegada a Chile.

El 5 de septiembre de 2019, 29 venezolanos, entre ellos 13 mujeres y 12 menores de edad, fueron detenidos en la frontera de Arica. Venían caminando por un paso no habilitado, guiados por dos coyotes. El grupo había permanecido varios meses frente al consulado de Chile en Tacna, esperando la aprobación de una visa, pero tras el cierre de los procesos decidieron cruzar por el desierto. La fiscalía les reconoció la calidad de víctimas de tráfico de migrantes y regularizó su entrada. ¿Qué sucedió con ellos después? ‘Sábado’ siguió la historia de dos madres y sus hijos en Chile.

Autor: Periodista Jorge Rojas / Fecha de publicación: 26 de diciembre de 2020

‘Vea, guara, nos tenemos que ir como sea, porque estar en Chile va a ser lo mejor para nuestros hijos’.

Rubí Moreno no tenía huella digital. No es que tuviese los dedos despellejados, sino que no existía en los registros. Un día, cuando fue a comprar pañales para su hijo recién nacido, en un supermercado de Trujillo, en Venezuela, llegó a la caja y al momento de poner su dedo en el lector biométrico salió otra identidad. Es decir, alguien la había suplantado. Lo peor de todo, es que sin huella no había pasaporte. Y eso sí que era un problema, sobre todo a comienzos de 2019, cuando Rubí, con 24 años, quiso irse con su hijo fuera del país.

-Cuando tuvo que poner la huella, el sistema nuevamente no la leyó. Fue hasta Caracas, que queda a 24 horas de nuestra casa, y no hubo manera de solucionarlo -dice Ruth Moreno, su hermana que vive en Rancagua.

Ruth y Rubí eran las menores de ocho hermanos. Ruth tenía 30 años y había llegado a Chile en febrero de 2019, luego de una estadía de dos meses en Tacna, donde ya estaba su pareja. Ambos se instalaron en Rancagua y desde ahí le insistían a Rubí para que viajara, pero sin pasaporte era imposible.

Rubí había tenido un hijo con un venezolano casado, que vivía en Chile y que hasta entonces se había mantenido ausente de la crianza. Pero el 22 de julio de 2019, él se transformó en su única opción para salir del país.

-Él regresó a Venezuela. Tenía residencia temporal en Chile y, antes de volver a Santiago, pasó a verla y le insistió que lo acompañara.

Rubí se comunicó con Ruth para pedirle dinero. Le dijo que llegando a Chile podría solicitar la reunificación familiar. Ruth le advirtió que desde hacía un mes, el Gobierno chileno estaba exigiendo una visa de turismo y que antes ya lo había hecho Perú.

El viaje hasta la frontera tardó seis días. Llegaron a Tacna el sábado en la noche, sin dinero. Ruth llamó a algunas venezolanas que conocía allá y una le dijo que su pareja podía alojarlos. Ahí pasaron la noche. Al día siguiente fueron al consulado y se encontraron con un paisaje que no imaginaban. Por alrededor habían cientos de carpas y miles de personas esperando hacer el mismo trámites que ella recién estaba por iniciar. Eso la desanimó. Más todavía, cuando el padre de su hijo, a fines de esa misma semana, decidió cruzar solo a Chile, antes de que venciera su cédula. Rubí quedó en una ciudad que apenas conocía, sin dinero y alojando en la casa de un extraño.

Carolina, de 40 años, abogada penalista, venezolana de Yaracuy, conoció a Rubí haciendo la fila en el consulado. Había llegado a Tacna dos días antes que ella. Por entonces, ese lugar ya era una especie de comunidad. Había una población de venezolanos que cada día se alimentaba de más viajeros: se les veía sentados en las maletas, haciendo cola, conversando, peleándose los turnos, vendiendo ropa, comida y medicinas. Había, incluso, un asentamiento. Un censo, que por entonces hicieron los mismos venezolanos, determinó que allí había 167 carpas repartidas por toda la calle.

Pocos días antes que Carolina y Rubí llegaran, la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) había realizado una consulta a 305 venezolanos que pernoctaban ahí. El informe no solo hablaba de que habían personas en calidad de migrantes, sino que también de refugiados. Con esa información confeccionaron una serie de indicadores que daban cuenta de la magnitud de la crisis: 45% de ellos comía una o dos veces al día; 75% había tenido que vender dulces en los semáforos; 21% había pedido limosna; 47% no tenía acceso a un baño; 43% se alojaba en carpas; 97% buscaba ir a Chile por reunificación familiar; y 41% de los encuestado eran niños, niñas y adolescentes.

En el campamento, las familias con hijos se juntaron en un lote al que llamaron ‘El grupo de los niños’. A ellos se unieron Carolina y Rubí. Carolina venía viajando con su hija de 10 años y había dejado en su país a un adolescente de 17. Se estaba quedando en una pieza que su pareja, que vivía en Chile desde hacía un año y medio, le pagaba. Ella padecía de los mismos problemas que Rubí. Los sociales, económicos y migratorios: venía con un pasaporte prorrogado y la niña solo con la cédula.

-¿Sabes lo que cuesta obtener un pasaporte en Venezuela? Es una locura. Sebastián Piñera fue a Cúcuta a decir que estaba en contra de las violaciones a los derechos humanos, pero cuando llegamos a la frontera nos negó el acceso a regularizarnos, pidiéndonos documentos que solo te los puede entregar el gobierno del régimen dictatorial. Eso no tiene lógica.

Carolina hizo la solicitud de la visa tres veces. Las dos primeras se las rechazaron por falta de antecedentes: que no había adjuntado la partida de nacimiento de la niña y que no tenía el certificado de antecedentes peruano, le dijeron. En la espera se hizo amiga de Rubí. Todas las mañanas se juntaban en el consulado. Se pasaban el día en la fila, sin siquiera poder ingresar a las oficinas, y en la tarde, cuando la Acnur llegaba a entregar vales de comida a las familias con niños, ellas se iban juntas en el bus que las trasladaba hasta el restaurante, y de vuelta caminaban.

-Vea, guara, vamos a Chile un rato -me decía Rubí-. Ir a Chile era ir a la avenida Bolognesi, donde siempre habían muchos chilenos comprando y comiendo. Ahí había una plaza y nos sentábamos a escucharlos hablar.

Allí sus hijos jugaban, mientras ellas conversaban del futuro. Carolina cuenta que Rubí le decía que quería pasar por una ruta no habilitada, pero que ella le pedía paciencia, que siguieran intentando conseguir la visa. Para presionar, el 6 de agosto crearon un perfil de Instagram llamado ‘Atrapados en Tacna’, donde subían fotografías de la situación en la que estaban. Un día celebraron a todos los niños que habían cumplido años estando allí, adornaron con globos el campamento y un chef llegó con una piñata con dulces. Otro día, les colgaron carteles en el cuello y los pusieron frente al consulado, con sus familias detrás: ‘Chile, ábrenos las puertas’, decía una cartulina.

Pero ninguna protesta surgió efecto. A fines de agosto, gran parte de los venezolanos que aún esperaban la tramitación de sus visas recibieron una notificación con el cierre de sus procesos. Hubo un día -describe Carolina- en que los teléfono de todos los que estaban allí comenzaron a sonar. Según información solicitada por ‘Sábado’ a través de Transparencia a la subsecretaría de Relaciones Exteriores, entre el 1 de junio y el 31 de agosto de 2019, el consulado de Chile en Tacna recibió 3.069 peticiones de visas de Responsabilidad Democrática y 1.820 se cerraron por falta de antecedentes. De ellas, 688 correspondían al mes de agosto.

-Este grupo lo dio todo para hacer las cosas bien y nos mantuvimos allí porque no queríamos entrar de ilegal a Chile. Nos dijeron que teníamos que ir a Lima, que estaba a 27 horas de camino, pero no teníamos dinero -dice Carolina.

Todos allí quedaron en un limbo. No podían ingresar a Chile, no había autorización para permanecer en Perú y tampoco podían cruzar a Ecuador, que desde el 26 de agosto exigía el mismo visado. Por entonces, los coyotes se dejaron ver sin pudor, como buitres rondando a sus presas. El cierre del proceso migratorio no detuvo los motivos que cada uno tenía allí para venir a Chile, al contrario -explica Carolina-, solo les dejó un camino: el desierto.

-Se empezaron a ir en grupos de 10, 15 o 20 personas. Todos tenían alguien esperándolos en Chile. Cada vez que partían, nos juntábamos a las seis de la tarde para despedirnos. Rubí me dijo: ‘Vea, guara, nos tenemos que ir como sea, porque estar en Chile va a ser lo mejor para nuestros hijos’.

Salieron el 5 de septiembre junto a una parte del grupo de los niños: venían 12 menores de edad y 17 adultos.

Obviando el contexto, transitar por el desierto era como estar en el espacio, como si se tratara de un simulacro de una caminata lunar: la oscuridad profunda alrededor, la sensación del vacío, la Vía Láctea sobre sus cabezas y la pequeña porción de tierra que se veía bajo sus pies. Sí, era como estar en el espacio, hasta que de pronto aparecieron las plantaciones y las mangueras del riego automático, que por allí convertían las pampas en oasis, y todo eso que Carolina había imaginado fue barrido por la realidad. Y ya no había silencio, ni el cielo era apacible. Se escuchaba la respiración agitada de los caminantes y los sollozos de algunas mujeres. Tras eso, una luz que avanzaba desde el cielo los iluminó a todos. Fue una ráfaga que duró milésimas de segundos, un tiempo suficiente que les permitió escanear el territorio que pisaban.

-Ya estamos en Chile -dijo el coyote que guiaba el grupo.

La luz provenía de un avión que aterrizó algunos metros más lejos, en una pista del aeropuerto internacional Chacalluta, de Arica.

-Rubí me abrazó llorando y me decía: ‘Guara, lo logramos juntas’.

Desde allí comenzaron a bajar hacia la playa. Estaban en eso, cuando otra luz, esta vez frente a ellos, interrumpió la marcha.

-Eran unos carabineros. Nos decían: ‘¡Al suelo, al suelo!’. Yo me arrodillé, levanté las manos y comencé a gritarles: ¡Hay niños! De pronto, todo se calmó. El policía a cargo se agarraba la cabeza, mientras contaba a los menores de edad.

Carolina y Rubí habían salido a las seis de la tarde desde Tacna. Pagaron 400 dólares entre las dos más sus hijos. En el grupo iban 29 personas, entre niños y adultos. Los montaron en varios taxis y los dejaron a orillas del desierto, desde ahí comenzaron a caminar. Los guiaban dos coyotes, ambos venezolanos. Anduvieron por largas planicies, cruzaron un zigzageante cordón de trincheras y atravesaron un campo minado. Todo para terminar allí, arrodillados frente a la policía.

-En ese momento, el carabinero dijo que nos iban a retornar a Perú y Rubí se paró enfurecida: ‘¿Por qué nos van a regresar? Son unos inhumanos. Yo necesito pasar a Chile, es por mi hijo que lo estoy haciendo. Nosotros quisimos hacer las cosas bien’, le gritaba. Yo la agarré y la traté de calmar: ‘Rubí, estamos violentando la soberanía de un país’, le dije.

Tras unos minutos, el policía a cargo apartó a Carolina y le comunicó que el fiscal de turno de Arica les había reconocido a todos la condición de víctimas de tráfico de migrantes y que podrían ingresar a Chile, siempre y cuando ayudaran a identificar a los coyotes, una situación que no resultaba evidente al ser todos venezolanos. Uno a uno fueron hablando hasta que detuvieron primero a una mujer, Reyna Navarro, y a través de su celular pudieron identificar a un hombre: José Cáceres.

Reyna Navarro tenía 19 años y desde marzo de 2019 que vivía en Santiago junto a su padre, quien estaba en Chile desde hacía tres años con residencia temporal. A fines de 2018, Reyna, su madre y una hermana habían dejado Venezuela para reencontrarse con él, pero por falta de dinero habían quedado estancadas en Lima, donde les habían aprobado una solicitud de refugio. Reyna trabajó unos meses como anfitriona en un casino y vendiendo jugos en la calle, y tras eso viajó a Chile. En una declaración que esa noche entregaría a la policía, ella diría que en Santiago estuvo contratada unas semanas como bodeguera y que luego regresó a Tacna, donde conoció a unos coyotes a quienes convenció de que le enseñaran la ruta. Quería cruzar sola para luego traerse al resto de su familia -explicaría en la confesión-. Cuando la detuvieron, no era la primera vez que traspasaba la frontera. En una ocasión -diría- lo había hecho hasta dos veces en el mismo día.

Esa noche, Reyna Navarro y José Cáceres quedaron detenidos. Durante la tarde del día siguiente, mientras el resto del grupo hacía sus trámites de regularización en la PDI, tras haber constatado lesiones y haber declarado en la causa, ambos fueron formalizados por el delito de tráfico de migrantes y quedaron en prisión preventiva. A fines de noviembre del año pasado, el defensor Sergio Zenteno, jefe de la Defensoría Penal Pública (DPP) de Arica y abogado de Reyna, pidió cambiar su medida cautelar por arresto domiciliario total, argumentando que ella no era como los coyotes que estaban acostumbrados a detener: ‘Reyna es una persona con habilidades para reinsertarse socialmente, tiene irreprochable conducta anterior, habla inglés y sus notas en el colegio eran de excelencia’.

Según cifras de la DPP, durante todo 2019 participaron en 24 causas por delitos asociados al tráfico de migrantes, de las cuales 20 de ellas se registraron desde el 22 de junio en adelante, fecha en que comenzó a exigirse la visa. Tras la audiencia, Reyna Navarro quedó con arresto domiciliario. Por entonces, todas las víctimas se encontraban repartidas en diversas ciudades de Chile. Todas, menos una.

Ruth llevaba dos días sin saber de su hermana cuando la llamó por enésima vez sin que ella le contestara: ‘Estoy acostada viendo una película’, fue la excusa que Rubí le dio más tarde para no hablarle. Venía viajando hacia Santiago y no quería arruinar la sorpresa.

-Al día siguiente me llamó el papá del niño y me preguntó qué sabía de ella. Ahí me asusté, pero de repente escuché su voz: ‘¡Aquí estoy!’, me dijo.

Rubí le contó todo. Había sido el padre del niño quien le había enviado el dinero para pagarle a los coyotes. Le dijo, además, que se quedaría en Santiago, a ver si la relación funcionaba. Dos días más tarde, Rubí la llamó nuevamente para decirle que prendiera la televisión, que estaban pasando una noticia del día en que cruzaron. En una toma del archivo que la policía hizo del procedimiento, se veía a Rubí con su hijo en brazos, bajando del bus en el que fueron trasladados a la comisaría de Arica.

-‘Ese era nuestro grupo’, me decía.

Carolina y Rubí se vieron al viernes siguiente en una comisaría para firmar. Fue una sanción que les impusieron por ingresar por un paso no habilitado. La situación resultaba al menos contradictoria. En un delito, la Fiscalía las consideraba víctimas y en el otro imputadas. Y ambos habían sido cometidos en el mismo acto. Pero firmar era un detalle que no importaba mucho. Estaban en Chile, con sus papeles en regla y las idas a la comisaría les permitía verse y conversar sobre cómo les estaba yendo. Ninguna, sin embargo, tenía muy buenas noticias que contar.

Carolina había durado una semana viviendo en la casa de su pareja y se había separado, luego de descubrir que él estaba con otra persona. Se había ido donde unos primos en San Miguel y ellos le habían facilitado el balcón del departamento para que durmiera con su hija, a la intemperie. Era el único espacio desocupado de esa vivienda. Como no tenía dinero, ellos le pasaban tres mil pesos al día para que pudiera salir a buscar empleo. Todas las mañanas, Carolina caminaba desde la estación del metro Ciudad del Niño hasta La Moneda, dejando currículum en cualquier negocio. Nunca la llamaron.

Entre medio sucedió el estallido social y a fines de octubre, en el grupo de Whatsapp por el que se mantenían comunicadas todas las mamás que habían cruzado, comenzaron a aparecer las primeras cartas de expulsión, que la Intendencia de Arica les estaba enviando a cada una de ellas. A Carolina también le llegó la suya. Acudió al Servicio Jesuita Migrante (SJM) para pedir asesoría y -según cuenta- el Ministerio Público notificó a la Intendencia de que las causas por el paso ilegal estaban desestimadas.

Por esos días, Rubí se fue a Rancagua a la casa de su hermana. Al igual que Carolina, la relación con su pareja había fracasado. Ruth la acomodó en una colchoneta, en una pieza que ella y su marido arrendaban, adentro de una casa donde también vivían unos colombianos.

-El niño llegó diciendo ‘abajo’, ‘arriba’ y se tiraba al piso, porque así le decían los coyotes cuando estaban cruzando. Duró varios meses haciendo lo mismo -dice.

Durante el día, Ruth trabajaba cuidando ancianos en una casa de reposo llamada Santa Cecilia, que quedaba a pocas cuadras de la casa. Esa semana, luego que una compañera pidiera licencia, ella habló con su jefe y logró que Rubí hiciera el reemplazo. Su primer turno fue un sábado. Ruth le explicó todo lo que debía hacerle a las nueve ancianas que vivían allí: cambiarles pañales, darles las comidas, sus medicinas, asearlas y estar atenta a cualquier emergencia.

No era fácil. Rubí era menuda y debía levantar cuerpos postrados que pesaban el doble que ella. Un día llamó a Ruth a las tres de la mañana, porque se le había olvidado cómo se mudaban. Pese a eso, estaba feliz. Por primera vez -recuerda ella- la oyó decir que las cosas le estaban resultando. Un día que tuvieron libre las dos, conversaron sobre el futuro: dijeron que apenas recibieran el sueldo se irían a vivir a una casa todos juntos y que le mandarían dinero a su mamá para que celebrara su cumpleaños. Pero nada de eso alcanzaron a hacer. La madrugada del 28 de octubre, mientras Rubí estaba de turno y Ruth cuidaba a su sobrino en la casa, el asilo se incendió y ella murió calcinada, junto a otras seis ancianas.

No había pasado ni siquiera un mes desde que había llegado a Chile.

A las 6 de la mañana, Ruth se despertó con el celular vibrando. Contestó la llamada con la misma desconexión con la que se apaga la alarma los domingos. Del otro lado estaba su jefe: ‘¡La casa se está incendiando! ¿Quién está de turno? ¿Tu hermana?’. A Ruth le parecía demasiado irreal lo que escuchaba. Tanto, que no le respondió nada y simplemente cortó. Volvió a apoyar la cabeza en la almohada unos segundos, hasta que su cuerpo sintió el estrés de la noticia que le acababan de dar. Agarró el teléfono y volvió a llamar: ‘¿Quién está de turno? ¿Tu hermana?’, insistió el jefe.

Ruth despertó al niño y le pidió a su esposo que fuera a mirar a la calle. Al llegar a la esquina, ya se podía ver el humo. Ella se quedó en la casa con su sobrino. En eso la llamó la administradora para hacerle más preguntas: ‘¿Te ha escrito tu hermana?’. Ruth no tenía nuevos mensajes. Aparecía conectada por última vez a Whatsapp a las tres y media de la madrugada. Entonces, le marcó y nadie contestó. Dejó al niño con los colombianos de las otras piezas y salió a la calle. Hacía frío y corría brisa.

-Cuando vi a los bomberos me tiré al piso y me puse a llorar. Recuerdo que en la casa del frente estaban unas abuelas que habían logrado salir, entre ellas la anciana más lúcida: ‘Mamita, yo no veo a su hermana desde anoche’, me dijo.

La vecina le dio un té. La anciana le contó todo lo que recordaba. Le dijo que había despertado con el humo y, como dormía con el bastón encima de ella, empezó a picar a la otra del lado. Adentro de la casa no se veía nada: la luz cortada, la oscuridad propia de la noche y el humo. Ambas salieron caminando a tientas por el pasillo. Cuando lograron llegar a la puerta, justo aparecieron los bomberos, que sacaron a una anciana con alzheimer que dormía en la primera pieza. ‘Más allá no pudieron pasar’, le dijo.

Al salir de la casa de la vecina, Ruth se enteró de que habían otras dos ancianas hospitalizadas y cinco personas desaparecidas. A esa hora ya había amanecido. El incendio había sido controlado y los cimientos humeaban como velas recién apagadas. Cerca de las 10 de la mañana le dijeron que su hermana estaba entre las fallecidas. La habían encontrado en la sala, al final de la casa, cerca de donde rescataron a una anciana postrada, aún viva, que encontraron debajo de unas latas, lejos de su cama. Era una de las dos que estaban en el hospital. Al otro día ambas fallecieron. En total, fueron siete.

-Mi única conclusión es que Rubí trató de sacarla y no pudo.

Al día siguiente, la noticia estaba en todos los diarios. Un link de esos llegó durante la tarde al Whatsapp del grupo de los niños. Venía acompañado de una foto de Rubí y una imagen de una cinta negra. Carolina vio el teléfono y se puso a gritar.

-Comencé a marcarle desesperadamente y le escribí un mensaje: ‘Amiga, ¿dónde estás?’.

Luego llamó a Ruth y ella le contó todo lo que había sucedido. Le dijo que según había investigado Bomberos, el incendio había comenzado por una sobrecarga eléctrica, que -según ella- había ocurrido por un calefactor que en uno de los turnos anteriores había hecho corte y que estuvo todo el fin de semana prendido.

Esa semana, a Ruth le entregaron el cuerpo de su hermana y la cremaron. Un mes después, inició un requerimiento de medida de protección en favor de su sobrino. Solicitó ayuda psicológica para soportar el duelo. Por entonces, ella tenía el cuidado del niño y los fines de semana su padre se lo llevaba a Santiago. Los informes realizados a ambos en esa causa sugirieron que Ruth continuara a cargo, mientras se avanzaba en la revinculación con el padre.

Carolina no ha perdido contacto con Ruth desde el incendio. Su vida en Chile no ha sido como lo imaginaba. En enero de 2020, la PDI la detuvo para expulsarla y solo un recurso de amparo presentado por las abogadas del SJM logró evitarlo. En marzo, los coyotes que la guiaron a Chile fueron condenados a tres años de cárcel: a Reyna Navarro le dieron libertad vigilada y a José Cáceres una orden de expulsión. En abril, por la pandemia, sus primos devolvieron el departamento y le financiaron un mes en una pieza. Luego, se fue a acampar afuera de la embajada de Venezuela con otros compatriotas, en busca de un vuelo de retorno humanitario. Llevaba seis meses en Chile, no había conseguido empleo, se había muerto su amiga, estaba sin dinero y nuevamente en la calle, haciendo fila, esta vez para regresar. Algo que nunca sucedió. A las semanas, los venezolanos fueron reubicados en distintos liceos que fueron ocupados como albergues. Desde entonces está allí con su hija de 10 años.

Hace dos meses, Ruth le envió un link a sus padres en Venezuela con una noticia donde se recordaba la muerte de Rubí. El 21 de octubre de este año, el Servicio Nacional del Adulto Mayor le dedicó la inauguración de un Establecimiento de Larga Estadía (ELEAM), en la ciudad de Rengo. Entre las autoridades estaba el director de la institución, Octavio Vergara, y la ministra de Desarrollo Social, Karla Rubilar. Hablaron de ella, recordaron su heroísmo al tratar de salvar a las ancianas y, junto a la placa de inauguración, pusieron otra donde se la conmemoraba: ‘Su valentía y compromiso nos recuerda siempre la nobleza del rol de las cuidadoras y cuidadores de las personas mayores de nuestro país’.

Cuando pase todo y el trabajo le permita ahorrar, Ruth quiere viajar a Venezuela para llevarse las cenizas de su hermana.

Entre el 1 de junio y el 31 de agosto de 2019, el consulado de Chile en Tacna recibió 3.069 peticiones de visas de Responsabilidad Democrática y 1.820 se cerraron por falta de antecedentes.

Durante todo 2019, la Defensoría Penal de Arica tramitó 24 causas por delitos asociados al tráfico de migrantes, 20 de ellas se registraron desde que comenzó a exigirse la visa.

RECUADRO: ÁLVARO BELLOLIO, JEFE DE EXTRANJERÍA: ‘YO NO VOY A NORMALIZAR EL INGRESO CLANDESTINO’

-¿Por qué se les exigió una visa de turismo a los venezolanos?
-Por los grandes niveles de irregularidad que se presentaban al no sincerar las verdaderas razones por las que venían a Chile. De los 300 mil venezolanos que entraron entre 2018 y 2019, ¿crees que venían con la intención de turismo? Dado que la tasa de irregularidad de estas personas que decían ser turistas era de más del 90%, se estableció un visado consular y se permitió que la visa de responsabilidad democrática pudiese ser solicitada en cualquier consulado.

-Hay personas que hicieron hasta tres veces la solicitud y se las cerraron todas. Estuvieron tres meses esperando afuera del consulado de Tacna.
-Es que tienen que hacerlo bien. ¿Conoces alguien que haya postulado a una visa de residencia para entrar a Estados Unidos? ¿Tú crees que tres meses son suficientes? Me parece un período razonable.

-En esos tres meses hubo 1.820 procesos cerrados. ¿Hubo alguna decisión administrativa para cerrarlos masivamente?
-El Departamento de Extranjería y Migración, que tramita las visas en Chile, nunca ha hecho un cierre masivo de visas. Sobre la Dirección Consular no tengo información. Ellos dependen del ministerio de Relaciones Exteriores (…). Todos los rechazos de visas tienen que estar justificados por una resolución respectiva y esas razones son apelables. Yo sé que te da pena que estas personas lo hayan pasado mal y es trágica la situación y la nueva ley se enfoca mucho en la reunificación familiar, pero revisaría si estaba toda la documentación.

-Un gran porcentaje de estas personas igual terminaron cruzando a Chile.
-Ellos tomaron una decisión incorrecta. Es muy complicado que una persona arriesgue su familia y se salte la institucionalidad del país que lo recibe. Esos menores de edad de todas maneras necesitan la protección del Estado, porque sus padres están dispuestos a arriesgar la vida de sus hijos. ¿Deberíamos no tener fronteras? Yo creo que no, porque eso afecta la cohesión entre nacionales y extranjeros. El libro nuestro demuestra que en los últimos tres años, los extranjeros que tienen 12 años de escolaridad o menos, obtuvieron 300 mil empleos y los chilenos, en el mismo grupo, perdieron 280 mil empleos. ¿Tú crees que eso no afectó la cohesión? Que cuando los sueldos en la construcción bajaron 7%, ¿no afectó la relación?

-Seguramente en algún sector de la economía hay un impacto, pero también hay estudios que dicen que la migración tiene efectos positivos en la economía.
-Muéstrame un estudio que haya separado por nivel educacional el tema del empleo. No hay, porque al separarlos se ve el efecto de sustitución. A nivel global, estoy de acuerdo, es positivo, porque los extranjeros que vienen tienen nivel universitario y se crean empleos. Pero cuando son más vulnerables, hay un efecto de sustitución. ¿Tú crees que lo pasan muy bien los migrantes que no tienen RUT? Estuvieron durante toda la administración de Bachelet botados en la calle, vendiendo obleas bañadas en chocolate.

-Para nadie es agradable verse forzado a cruzar por el desierto, con niños, y atravesar un campo minado para reunificar a la familia.
-Estas personas hipotecaron y arriesgaron la vida de sus familias, sabiendo que en Chile no se podían integrar.

-Pero uno puede imaginarse la fuerza de esos motivos. Ningún obstáculo los detuvo.
-Imagínate el poco respeto que tienen por nuestros procedimientos. Estás justificando que hayan ingresado clandestinamente (…). Yo no voy a normalizar el ingreso clandestino. La nueva ley establece que las personas que han entrado así deben ser expulsadas. Con el argumento de que estas personas son obligadas a venir, cosa que no es cierta, estás diciendo que tiene que haber un mecanismo para que constantemente estas personas obtengan una visa. Esa señal es muy nefasta.

-¿Usted cree que esta nueva ley detiene el tráfico de migrantes?
-Esta ley es responsable con la irregularidad en Chile. No hay ningún país en el mundo que tenga ingreso clandestino cero.

-La nueva ley establece 180 días para salir de Chile si es que están irregulares, ¿usted cree que un migrante va a ir a su país a hacer el trámite y luego va a regresar?
-Lo pueden hacer en cualquier consulado, pueden ir a Bolivia o Argentina.

-Pero me describe a los migrantes clandestinos como ‘personas que están vendiendo obleas en la calle’. ¿Cómo van a pagar un pasaje para ir a otro país?
-Esta es una propuesta humanitaria y responsable. No está bien ingresar clandestinamente a Chile, no importan las razones.

-¿Vamos a ver expulsiones masivas de migrantes irregulares?
-Toda persona que ingresó clandestinamente, por ley le tenemos que iniciar un proceso de expulsión. Esta oportunidad para ir a pedir visa y RUT es buena para que hagan las cosas bien.

ESTE ARTÍCULO ES EL RESULTADO DEL LABORATORIO DE PRODUCCIÓN DE PERIODISMO “REFUGIADOS Y MIGRANTES” Y PARTE DE LA SERIE DE PUBLICACIONES EJECUTADAS CON EL APOYO DE LA FUNDACIÓN GABO Y ACNUR.

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